Uno de los temas más conocidos de mi grupo musical favorito me hizo
empezar a abrir los ojos aquella mañana. Cómo cada mañana. El
jodido despertador, tan sólo un par de horas después de que haya
logrado conciliar el sueño, arruinando una vez más el momento
culmen de mi vida onírica, devolviendo mi agotada mente al asqueroso
mundo real.
Ni siquiera aquella canción lograba darme ánimos para salir de mi
cama. Mis piernas, entumecidas y acomodadas, no querían responder.
Tampoco les insistí demasiado. Refugié los brazos bajo las sábanas,
vislumbrando el techo entre mis párpados caídos, quejándome con un
malhumorado suspiro de la maldita luz del sol, que atravesaba las
rendijas superiores de mi persiana mal bajada.
La alarma despertador del teléfono móvil seguía sonando en la
mesilla. No iba a lograr que me moviese. Ya me había tocado bastante
las pelotas haciéndome abrir los ojos. Me negaba a molestarme en
apagarla. No, no iba a moverme. La canción terminaría, antes o
después, eso seguro. Tan sólo tenía que esperar.
Tardé aún unos segundos en ubicarme en la realidad de mi vida. Era
un día más, un día como cualquier otro en el que me tenía que
levantar temprano para pasar la mañana en un evidente estado de
sopor profundo, siendo uno más de los millones de personas que, en
cualquier parte del mundo, sufren de absoluto aburrimiento sin opción
a librarse de él. Un día más en que, por obligación, por deber,
por supervivencia, tenía que dedicar mi tiempo a realizar estúpidas
y rutinarias tareas que no me reportaban ninguna satisfacción.
La canción había terminado. Una pequeña sonrisa se dibujó en mi
cara, pero no duró mucho. En cuestión de segundos, la dichosa
canción, que en cualquier otra circunstancia me habría gustado,
volvió a empezar. Una vez más, yo perdía la partida contra el
mundo. La realidad me daba un puñetazo, y luego se reía en mi cara.
Y lo peor es que, cuando la alarma
terminó de sonar definitivamente, yo sabía perfectamente que no
estaba sólo. Cien millones de personas a lo largo y ancho del
planeta, a esa hora maldita, con el sonido del despertador todavía
rebotando en sus oídos, se sumaban durante un instante a los
pensamientos que me asaltaban mientras cerraba de nuevo los ojos:
Sólo cinco minutos más.
Aquellos cinco minutos eran mi momento favorito del día. Tan
efímeros, tan condenados a terminar, pasaban tan rápido que a penas
daba tiempo a saborearlos, y sin embargo, eran tan necesarios para mi
como el resto de horas de sueño. En multitud de ocasiones esos cinco
minutos se convertían en diez. O en veinte. Eran minutos que tenía
que restar luego del tiempo que pasaba en la ducha, o directamente
eran minutos que hacían que llegase tarde.
Mis faltas de puntualidad eran bastante frecuentes, y era normal,
dado el poco interés manifiesto que tenía en mi trabajo. Es más,
no alcanzaba a comprender como había gente que era siempre puntual,
o que incluso llegaba diez minutos antes por si acaso. No entendía
que clase de motivación les llevaba ahí cada mañana, a su hora,
sin complicaciones. Quizás era mera rutina. Una rutina todavía más
rígida y estricta que la mía propia.
Mientras terminaba mi desayuno, aún medio dormido, me pregunté una
mañana más, la pregunta que me atormentaba desde hacía ya
demasiado tiempo. La pregunta que atormenta a todo aquel que se la
hace, la que atormenta a esos millones de personas que, como yo,
necesitan de una vez por todas una auténtica respuesta:¿Por qué?
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